«Nuestro destino de viaje nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas»

(Henry Miller)

Además de conocer nuevos lugares, personas y culturas, viajar estimula el cerebro. Este importante órgano, tiene la particularidad de poder cambiar su estructura gracias a la PLASTICIDAD CEREBRAL.
La ciencia ha comprobado que cuando viajamos realizamos nuevas acciones que hacen que nuestro cerebro se entrene para formar nuevas conexiones neuronales.
“Cuando viajamos, nuestro cerebro sale de su “zona de confort cognitiva” y tiene que enfrentarse a escenarios diferentes: nuevos estímulos y problemas inesperados, sensaciones nuevas… Un cambio total en las rutinas de nuestra mente, que provoca, a su vez, que nuestros niveles de atención, solución de problemas, imaginación o incluso habilidades interpersonales aumenten de manera significativa”.

Hace poco hice un viaje con mi esposo a China. Este viaje nos tomó 45 horas incluyendo vuelos, una noche de hotel y un par de escalas. De modo que cuando aterricé en Shanghai eran las 6 de la tarde para los chinos, pero para mi cuerpo eran las 5 de la mañana del mismo día en Bogotá y a esa hora comienzan mis rutinas diarias.

Pero ese no fue el único cambio al que mi cerebro debió adaptarse. Ya sabíamos que en China son muy pocas las personas que hablan inglés y mucho menos las que hablan español. Por ello, nos preparamos con una aplicación para nuestro celular, que nos serviría de traductor.

En China existe una censura del internet desde 1996. Por lo cual, no hay acceso directo a los motores de búsqueda o a las redes sociales a la que estamos acostumbrados. Para ello también descargamos otra aplicación, que nos permitiera navegar para poder ubicarnos. Sin embargo, esta aplicación no funcionó como esperábamos. Llegamos a China sin conocimiento del idioma, sin internet y sin mapa físico. Afortunadamente el chino que venía detrás de mí en la fila para tomar el taxi, hablaba inglés y le pedí que me escribiera en su idioma, la dirección de mi hotel para mostrársela al conductor.

Viajar agudiza ciertos sentidos, así como la percepción de muchos estímulos antes desconocidos. Fue así como me dí cuenta de la costumbre china de no usar saleros, ni azucareras en la mesa.
Lo primero que te sirven en un restaurante es un vaso de agua caliente que te irán rellenando a lo largo de toda la comida. Y es que el agua caliente, y esto lo aprendí de los chinos, cumple un papel importante en la digestión: ayuda a disolver y procesar la grasa de los alimentos. Es buena para eliminar toxinas y relajar el sistema nervioso.
También observé cómo la mayoría de los chinos van a todos lados con un termo de té. Los chinos toman té desde hace más de 4 mil años. Le pregunté al guía que nos llevó a la Gran Muralla, cuál era el secreto para que ellos comieran tanto arroz y no engordaran como nosotros, a lo cual me respondió “nosotros todo el tiempo tomamos té”

Romper la rutina, hacer cosas nuevas y en general, las vivencias novedosas hacen que se estimule en el cerebro la producción de adrenalina, sobre todo cuando el viaje implica la práctica deportiva extrema o la exploración, como quedarte sin aliento subiendo las empinadas escaleras de la Gran Muralla China, o ¿qué tal mezclarte entre empujones con miles de chinos en el transporte subterráneo? En situaciones como ésta, nuestro cerebro también genera serotonina, la sustancia química asociada con el placer, y endorfinas, las mismas que permiten sentirnos bien con nosotros mismos y nos regulan respuestas de ansiedad, tristeza o intranquilidad.
Una noche alrededor de las 11 de la noche con un frío desesperante, nos perdimos. Tomamos un taxi al que le mostramos la tarjeta del hotel con la dirección en chino, aún no entendemos por qué el conductor nos hizo bajar a gritos apenas leyó la tarjeta. Caminamos unos minutos más y tuvimos suerte con otro taxi que aceptó llevarnos. Debo confesar que me desesperé ante la impotencia de no contar con recursos para resolver la situación. Pero regresamos al hotel con todas mis endorfinas y serotoninas sanas y salvas.
Muchas veces resolvimos dificultades con el lenguaje de las señas, con transcripciones chinas que con anticipación preparábamos en el hotel y con la calculadora del celular para preguntar por un precio. Por cierto, a los chinos les encanta regatear.
Otro concepto que aprendí, fue la palabra china Guanxí que se traduce como “relaciones” o “conexiones sociales”. Guanxí implica un tratamiento preferente bajo el que otros te pueden ayudar pensando en que tú les devolverás el favor en otro momento.

El guanxí está presente en el día a día de los chinos, tanto para conseguir entrar en una universidad de prestigio, como encontrar un trabajo decente. Lo importante no es lo que conoces sino a quién conoces. Los chinos solo hacen negocios con los que pertenecen a su círculo Guanxí.
Algo que me impresionó fue enterarme que debido a la superpoblación, los niños tienen mucha presión en el colegio por destacar y ser mejores que los demás. No tienen tiempo libre, puesto que los padres los ocupan en clases extra de música o matemáticas para que se conviertan en los más destacados de su clase.
Es necesario tener en cuenta que el beneficio para el cerebro se da si cuando viajamos tenemos actitud positiva y una sana tolerancia a la frustración. En cualquier viaje, sea a China o a Melgar, hay muchas probabilidades de que las cosas no salgan como queremos, pero de nosotros depende estar dispuestos a pensar y ejecutar estrategias para resolver estas situaciones.
Viajar es someter al cerebro a situaciones de adaptación y lo vuelven más creativo, debemos crear mapas mentales de los lugares que vamos a visitar y a explorar. Debemos tener apertura para entender las formas de hablar, de actuar y de vivir de las personas que están en los lugares a los que se viaja.
Y ustedes pensarán…pero… es que yo no tengo presupuesto para viajar! A lo que me atrevo a responderte que no es necesario viajar a China para estimular tu cerebro. Te reto a que cambies tu rutina. Intenta hacer eso a lo que no te atreves, haz torrentismo o parapente, estudia ese idioma que crees que nunca podrás aprender. Desafíate a ti mismo, rompe los paradigmas que te limitan y luego cuéntame: ¿cómo te hizo sentir salir de tu zona de confort?