En un país no muy lejano había un rey, el cual tenía un sirviente que se mostraba siempre pleno y feliz.
Todas las mañanas, el sirviente lo despertaba tarareando alegres canciones y siempre había una sonrisa en su cara.
Un día el rey lo mandó llamar y le preguntó:
-Paje, ¿cuál es el secreto de tu alegría?
-No hay ningún secreto, Alteza.
-No me mientas. He mandado cortar cabezas por ofensas menores.
-Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo a mi esposa y a mis hijos, tenemos un lugar para vivir, estamos vestidos y alimentados ¿Cómo no estar feliz?
-Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación.
El rey estaba furioso, no se explicaba cómo el paje vivía feliz así.
Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le preguntó:
-¿Por qué él es feliz?
-Majestad, lo que sucede es que él está por fuera del círculo.
-¿Qué círculo es ese?
-El círculo del noventa y nueve.
-No entiendo nada.
-La única manera de entenderlo sería mostrárselo con hechos. Haciendo entrar al paje en el círculo, aunque nadie puede obligarlo a entrar. Pero si le damos la oportunidad, posiblemente entrará por sí mismo.
-¿Dices que al entrar al círculo el paje será infeliz?
-Tal cual, Majestad. Si usted está dispuesto a perder un excelente sirviente para entender la estructura del círculo, lo haremos. Esta noche pasaré a buscarlo. Debe tener preparada una bolsa de cuero con noventa y nueve monedas de oro.
Esa noche, el sabio y el Rey se ocultaron junto a la casa del paje. El sabio guardó en la bolsa un papel que decía: «Este tesoro es tuyo. Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no le cuentes a nadie cómo lo encontraste».
Cuando el paje salió por la mañana, el sabio y el rey lo estaban espiando. El sirviente leyó la nota, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció. La apretó contra el pecho, miró hacia todos lados y cerró la puerta.
El rey y el sabio se acercaron a la ventana para ver la escena. El sirviente había tirado todo lo que había sobre la mesa y había vaciado el contenido de la bolsa.
Sus ojos no podían creer lo que veían: ¡una montaña de monedas de oro!
El paje las tocaba, las juntaba y jugaba con ellas… Empezó a hacer pilas de diez monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres, cuatro pilas de diez… hasta que formó la última pila:
¡Nueve monedas! Su mirada recorrió la mesa primero, luego el suelo y finalmente la bolsa.
“! No puede ser. Me robaron, me robaron!”
Sobre la mesa como burlándose de él, una montaña resplandeciente le recordaba que había noventa y nueve monedas de oro.
“! Es mucho dinero! pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo. Cien es un número completo”
La cara del paje ya no era la misma, tenía el ceño fruncido y el rostro tenso. El sirviente guardó las monedas y escondió la bolsa entre la leña. Tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos.
¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar para comprar su moneda número cien?
Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla; después, quizás no necesitaría trabajar más. Con cien monedas de oro un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Si trabajaba y ahorraba, en once o doce años juntaría lo necesario.
Hizo cuentas: sumando su salario y el de su esposa, reuniría el dinero en siete años. ¡Demasiado tiempo! ¿Para qué tanta ropa de invierno?, ¿para qué más de un par de zapatos? En cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien.
El rey y el sabio volvieron a palacio. El paje había entrado en el círculo del noventa y nueve. Durante los meses siguientes, continuó con sus planes de ahorro. Una mañana entró a la alcoba real refunfuñando.
-¿Qué te pasa? -le preguntó el rey.
-Nada -contestó el paje.
-No hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
-Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría Su Alteza, que fuera también su bufón?
Poco tiempo después el rey lo despidió. No era agradable tener un paje que estuviera siempre de mal humor.

Reflexión:
Muchos de nosotros hemos entrado en el círculo del noventa y nueve alguna vez: Sentimos que nos falta algo. Parece que la felicidad deberá esperar hasta que todo esté completo… y entramos en un círculo en el que nunca podemos gozar de la vida.
Muchas veces pensamos que la satisfacción y el bienestar llegarán «cuando tenga un buen sueldo» o «una buena casa», «cuando me case», «cuando tenga un hijo», «cuando me jubile»
Sin embargo, el bienestar y la plenitud vienen de adentro, no desde afuera, y estar presente a lo largo de todo el camino de nuestra vida. Nos generamos insatisfacción y sufrimiento si nos centramos en añorar lo que nos falta y dejamos de disfrutar de lo que sí tenemos.
No entendemos que con 99 podemos ser felices. Si nos centramos en esa moneda que creemos que falta y dejamos de valorar lo que tenemos, nunca estaremos «completos» siempre nos faltará algo.
No dejemos de disfrutar lo que tenemos, por añorar lo que creemos que nos falta.