“El encuentro de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”

(Carl Gustav Jung)

Los antropólogos afirman que antes de fijarnos en otra persona, ya hemos construido un mapa mental, un molde completo de circuitos cerebrales que determinan lo que nos hará enamorarnos de una persona y no de otra.

El sexólogo John Money considera que los niños desarrollan esos mapas entre los 5 y 8 años de edad, en base a las asociaciones con miembros de su familia, amigos, con experiencias y hechos fortuitos.

Esa especie de fascinación que hace que dos seres se queden «enganchados» con gran necesidad de interactuar y conocerse más se le llama «La química del amor». Lo cual se refiere a un conjunto de reacciones emocionales en donde hay descargas neuronales  y hormonales.  Se crea toda una revolución interna que convierte lo racional en irracional, la prudencia en torpeza y la serenidad en nerviosismo.

Albert Einstein dijo una vez que explicar lo que sentimos por esa persona especial bajo los términos estrictos de la química del amor es restarle magia al asunto.  Sin embargo, lo queramos o no, hay procesos como la atracción o la pasión más obsesiva, donde la neuroquímica delimita un fascinante y complejísimo territorio que define parte de lo que somos.

Recientemente investigadores de la Universidad College de Londres captaron imágenes de cerebros enamorados y concluyeron que ante la visión del ser amado no solo se activan algunas zonas del cerebro, que también responden al estímulo de drogas sintéticas produciendo sensaciones de euforia, sino que las áreas encargadas de realizar juicios y valoración, se inactivan, volviéndonos “ciegos de amor”.

¿Qué tal si les digo en este momento que nuestros genes dan lugar a un olor particular capaz de despertar la atracción entre unas personas y no en otras?

Aunque nos atraen las personas con rasgos similares a los nuestros, tendemos a elegir el olor de quienes tienen un sistema inmunológico distinto. Efectivamente, más que los genes, el que desprende un olor particular (del que no somos conscientes, pero que guía nuestra conducta de atracción) es nuestro sistema inmunitario. De modo que, cuando alguien nos parece atractivo, es porque estamos oliendo, tipos de moléculas que no tenemos.

Cada emoción que experimentamos está impulsada por un neurotransmisor concreto. Un componente químico que el cerebro libera en base a una determinada serie de estímulos. De modo que la formula química del amor proviene de la combinación de: dopamina,  feniletilamina y  serotonina.

La dopamina se asocia con un sistema en nuestro cerebro que es muy potente, se trata de un sistema de recompensa, placer y euforia. Se trata de un componente biológico que nos enciende e interviene cuando hay personas a nuestro alrededor que nos generan un placer indiscutible, un bienestar sensacional y una atracción a veces ciega.

Cuando estamos enamorados interviene otro compuesto orgánico que nos domina por completo: la feniletilamina. Este elemento que podemos encontrar en el chocolate, comparte muchas similitudes con las anfetaminas y  combinada con la dopamina y serotonina, forman la receta perfecta para un amor de película.

Es como un dispositivo biológico que busca intensificar todas nuestras emociones. Es como el azúcar en una bebida o el barniz que colocamos en un lienzo: todo lo vuelve más intenso.

Sin embargo, hay un lado triste en toda historia de amor. Con el tiempo, los receptores de la dopamina comienzan a perder su sensibilidad. Científicos aseguran que en un periodo aproximado de tres años, éstos dejarán de responder al estímulo inicial que desencadenaba la reacción placentera del encuentro con esa persona especial.

La única salvación, en estos casos, es otro neurotransmisor conocido como oxitocina, cuya secreción está relacionada con la sensación de apego. Es la hormona que da forma al amor en MAYUSCULAS. Ya no se trata de mero enamoramiento o de atracción, se trata de esa necesidad por cuidar del ser amado, de darle cariño, de acariciarlo, de ser parte de la persona en un compromiso a largo plazo.

 

Para evitar este trágico final, es importante fomentar actitudes de admiración, cooperación e inclusive amistad dentro de la misma relación de pareja, ya que éstas están asociadas a una mayor secreción de oxitocina.

Se ha comprobado científicamente que cuanto mayor es nuestro contacto físico, cuanto más nos acariciemos, abracemos o besemos, más oxitocina liberará nuestro cerebro.

La serotonina por su parte, se puede resumir en una palabra: felicidad. Nos proporciona bienestar cuando las cosas van bien, nos regala optimismo, buen humor y satisfacción.

Hablemos ahora de algunas cifras de interés sobre el tema del amor. Según la Superintendencia de Notariado y Registro, en el periodo de febrero 2016 a 2017, por cada 3 parejas que contraían matrimonio, 1 se divorciaba y por cada 9 parejas que se registraban como uniones de hecho, 1 se separaba.

También hay cifras a nivel mundial que me llamaron la atención, pues revelan que el matrimonio ya no es una opción:

  • Los datos muestran cómo el número de matrimonios disminuye cada vez más en el mundo
  • Europa es el continente del planeta que más se divorcia.
  • Chile, Vietnam y Libia: son los países que menos se divorcian
  • En China te puedes divorciar en 1 día
  • En India puede tomarte años obtener un divorcio
  • En Filipinas y Vaticano no existe el divorcio

Científicamente entonces, existe una química interna que se relaciona con nuestras emociones, sentimientos y conductas; ya que hasta el más sencillo de ellos, está conectado a la producción de alguna hormona. Lo queramos o no la química del amor orquesta gran parte de nuestras conductas.

Puede que definir esta emoción universal en términos de química sea poco evocador, como decía Einstein, pero es lo que somos todos nosotros al fin y al cabo: un fabuloso entramado de células, reacciones eléctricas e impulsos nerviosos capaces de ofrecernos la más exquisita felicidad.  Es necesario buscar formas efectivas de convivencia y trabajar juntos para que el proceso deje de ser meramente químico.